lunes, junio 09, 2008

XLVII

Fue tarde.
No le crecieron las hojas
a aquel árbol que se secó
de tanto regarse a destiempo.
Anunciaba el calendario
la llegada de un verano
lleno de soledades estivales.
Pero fue tarde.
No era tiempo para apostarse
a doble o nada el corazón
así que no hubo partida
y tampoco ganadores.
Una tormenta de agosto
arrastró en las ramblas
el latido perenne
de unos versos fugaces
que tuvieron dueña por unos días.
Fue demasiado tarde.
Las agendas ya han envejecido
los suficientes años
como para aprender
a no despertarse sudando
en mitad de una noche fría,


...aunque tropecemos siempre
contra la misma piedra,
aunque nos lamamos siempre
las mismas heridas...

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