viernes, enero 30, 2009

Nunca era lunes o martes, ni siquiera domingo. Siempre era aquí, allí o ahora. Las noches se encandenaban a los días sin que él percibiera el más mínimo cambio. En cierto modo, habitaba sobre el tiempo, como si poco importara el mes o el año que anotaban sus congeneres en las agendas. En esa posición podía, según los últimos apuntes de su nuevo trabajo, habitar para siempre extratemporalmente, es decir, aquello a lo que vulgarmente conocían los literatos como eternidad. Se familiarizó con otros términos menos metafóricos a través de un libro que su abuelo había adquirido, a peso, para rellenar las estanterías del salón y que desde entonces había permanecido arrumbado en la misma posición. En cierto modo cumplían su objetivo, pues ese era el único cometido de aquellos tomos: arrumbarse majestuosamente para las visitas. Así fue como anidaron en su interior las primeras dudas. Después llegaron las licenciaturas y posgrados y finalmente creyó que debía escribir una tesis con la que doctorarse e ilustrar así a la comunidad científica con las posibilidades que ahora abrían su descubrimiento y aquella nueva dimensión atemporal para la ciencia.

Uno de esos escasos ratos en los que el dormitaba, porque fuera del tiempo tampoco importa mucho el descanso, soñó con Sol. Sol era la camarera que servía cafés en su época de estudiante universitario y a la que recordaba ahora, desde sus instintos, como la aspiración máxima de la feminidad. Una mujer elocuente y bella, en cierto modo universal, resistiendo al envite de los pedantes, periodistas y borrachos, cuando no las tres cosas, que poblablan las barras del Dilema después de comer. Soñó con ella colmando todo esos influjos sentimentales que él, desde su posición de rigor científico, tanto obviaba. Al despertar no le dió más importancia, y prosiguieron los segundos sin atarse al calendario. Sin embargo, varias veces despues, mientras mecia sus pensamientos en una de sus escasas cabezadas volvió a dar con Sol. Así fue como decidió volver a la barra de aquel bar, que por entonces ya no se llamaba Dilema, sino Eureka! y donde encontró a un tipo gris con bigote negro y canas blancas que servía cafés a los pedantes, periodistas y borrachos. Al cerciorarse de la extinción de la estrella guía de sus tardes juveniles sintió una arcada recorrer sus adentros y vomitó en el baño. Todavía era joven, todavía era hasta cierto punto atractivo, pero al mirarse al espejo, por primera vez en los últimos años, atisbó las primeras entradas, descubrió los primeros excesos. Sintió peligrosamente la cárcel móvil del tiempo reptar por sus entrañas. Jamás concluyó su tesis.

miércoles, enero 28, 2009

Bebía. Casi siempre al llegar a casa desde el turno de mañana de su clínica médica. Había visto de cerca tantas veces la muerte que se bajaba una estación antes en el metro asustado por la velocidad con la que se le escapaba la tarde entre los dedos. Después se dejaba caer desde Jacinto Benavente, leyendo el cartel de la redacción de Solidaridad, apartando la vista del monumento de los Abogados. Y es cierto que bebía y no lo es menos que la mayor parte de las veces lo hacía solo frente a la ventana, pero esas ocasiones, cada vez más frecuentes, no incurría en el alcohol por el carácter ebrio de sus pensamientos y tampoco por el nulo respeto que profesaba hacia la vida, en particular a la suya, como solían pensar sus escasos, y cada vez más breves amigos. Bebía por el sabor vidrioso del cristal y por la lámina de madera que se posaba en su garganta y a la que él atribuía, todavía en plena posesión de sus facultades, una capacidad de clarificar sus ideas, hasta el punto de dejarse recorrer por una sensación de amor hacia la poesía, hasta el punto de escribir en el reverso de alguna revista los versos descarriados de sus relaciones rotas, nacidas casi siempre muertas.

Es cierto que ella era una abstemia convencida y que cada se vez sentía, y también lo estaba, más sola cuando sus compañeros de trabajo incurrían en la costumbre de las cañas tras ocho horas de contabilidad funcionarial, de las cuales tan sólo dos eran hábiles, en un departamento del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, otrora de Agricultura y Pesca. No probaba gota, ya no por sentirse más casta y pura, si no porque toleraba el alcohol como el hígado, en caso de tenerlo, de una hormiga, y no quería, como otras noches, terminar con una resaca espantosa en la cama de algún celador del Ministerio. Así que cada tarde rechazaba la invitación de las corbatas y volvía a casa remontando la calle Atocha, mientras disfrutaba del estado hipnótico en el que le sumía el tránsito de peatones y coches que se arremolinaba en torno a las rotonodas y se estiraba hasta los semáforos. Al llegar a su estudio, organizaba las cartas y se daba una ducha para despues pasar a limpio los poemas que había escrito en el doble calco amarillo y rosa de los formularios B.14-2 y que había aprendido a escribir en las horas muertas de su despacho de recursos agrarios.


Se chocaron en la puerta y subieron juntos en el ascensor. Sonrieron lo justo y se hablaron lo mínimo. Aunque ambos hubieran preferido una conversación distendida y amable que mitigara la soledad de su noche se separaron sin mediar palabra, ni siquiera un tenue hastaluego, ni siquiera un tequiero. Uno desembocó con sus pasos al portal B del quinto piso y en mitad de ese Delta solitario emergido en el desván el otro fue a parar al portal A del mismo. Al llegar a casa él con una copa, ella con el aroma del jabon entre los dedos, escribieron un poema sobre el otro y jamás supieron que ambos se conocían desde antes, que ambos se amaban en sus versos.

domingo, enero 18, 2009

A veces, las estrellas no se reflejan en la escarcha
y el rumor de tráfico se atraganta en el insomnio.
Entonces bajo el asfalto arde el infinito
donde se cruzan las líneas paralelas
presas de aquel punto de fuga
en el que se edifican las percepciones.

Nos encontramos y sin conocernos
nos saludamos entre la mala hierba perenne
que crece al margen de las baldosas
como puntos cardinales de un mismo mapa
como vértices de un eneágono abierto
a una ciudad de múltiples dimensiones

Cerca del fin las avenidas desembocan en la madrugada
para interrogar de un soplo nuestras miserias
y pagamos el peaje de la huída
a ese lugar donde me arde Madrid
como crestas de olas que viajan rumbo a Ítaca
Allí donde en tus labios
se mece por un instante el tránsito del deseo
para inventar en un segundo el mar de Madrid

Y,
es tan preciso ese momento
que siempre justifico que al día siguiente
una supernova estalle en mi cabeza.

martes, enero 13, 2009

Me viene el amor,
ya lo siento doler
en las esquinas del silencio.
Llega, ya llega,
como un temporal
donde el único frío
es el miedo a la asuencia.
Ya me viene
y empieza a doler.
Si hiere antes de llegar
que importará de quién.
Sólo es la soledad de un corazón
frente al enigma de una mujer.
Porque los poemas son destellos
que no exigen un asiento perpetuo
me escondo en este segundo
para verter mi meteorología.
Así, desde esta fotografía velada
dicto ese parte del tiempo
con el que anuncio mis pálpitos
conocedor de que nunca acierto
la previsión errante de mis pasos
como aquella mañana de otoño
que caminaba alegre hasta la muerte
como aquel día que hallé tus ojos tristes
sonriendo para mí en el origen de la vida.

Por que mi amor es efímero,
mi verso frágil es el clima del alma.
Me hablaron torpemente de ti
en uan noche en que la escarcha
traficaba con mi déficit de abrazos.
Madrid expulsaba su bilis
para contaminar de humo los bares
donde te habían visto con otros
apoyada en la canción cálida
de un cristal empañado.
Y me dolió,
como duelen las palabras al partirse
para unirse al último tomo del diccionario.

Solsticios

Es tan injusto que la noche más larga
de todas las que pueblan el calendario
sea una fría muesca en el fusil del invierno
que ojalá pudieramos invertir el orden
para contemplarnos desnudos bajo una luna
que amarrase estrellas fugaces frente al puerto.
Del mismo modo muere un junio vacío
donde el día más largo del año
es tan sólo una tarde eterna de verano.
Si yo supiera cambiar para ti la noche por el día
nos cobijariamos del viento tras las ventanas
para que después al caer la tarde
en un ocaso furtivo lejos del crepitar de las farolas
nuestros cuerpos anudados sobre la fragilidad del tiempo
iluminaran firmes el camino al paraiso.

viernes, enero 09, 2009

En la ventana bailan
espesos copos de nieve,
que como balas heladas
coquetean con nosotros
debatiendo su ataque furtivo
entre helarnos de lleno el corazón
o tatuarnos para siempre la memoria.

Dibujan frías diagonales
como los besos que nos dimos
cuando aun no existía el invierno
uno a uno copos frágiles
derretidos a destiempo
por el suave tacto de tus labios
o por el ardor guerrero de las mañanas.
Uno a uno nada,
mas juntos nos sepultaron
sin remedio alguno
bajo las sábanas,
y después llegó el hielo
tus resbalones,
mis caídas
y la fragilidad de nuestras pisadas.

Fue inevitable arojar la sal y decirnos adiós en una de esas despedidas que no precisan de último beso. Al menos hasta que otra de esas nevadas nos despierte a voces una mañana para reclamar que volvamos a unir entre la nieve mis versos, nuestros labios y tus balas.

jueves, enero 08, 2009

He llegado a la ciudad y las calles ya estaban frías. La mañana estaba por terminarse antes de empezar a calentar siquiera el día en las baldosas y los niños celebraban con sumisa alegría el regreso a un patio gélido donde se amontonaba el griterío. El precio del pescado asciende del mar a las nubes y yo he vuelto a pisar el asfalto cuando se escondían tras las persianas los ojos que no quieren mirar a la calle para así poder imaginar que todavía pasas tú por su portal. En estos días, anochece prematuramente sobre las avenidas y el soplo de viento arrecia en las rendijas de las ventanas que avivan las pesadillas con su quejío grave. Antes, por la mañana, el tren se retrasó y me dió tiempo a pensar, en voz baja, como se piensa en los trayectos de ida y vuelta. Estoy sentado en la primera piedra de una nueva casa que está por construir. Aquí, un papel en blanco hace las veces de plano de obra. Puedo sentir la silueta del futuro resplandecer tras las esquinas, agazapadas en el calendario, flotando en las agendas. Esta vez no vuelvo, sólo llego. Ayer nacía un niño, hoy crece un hombre.