martes, mayo 19, 2009

Caminaba por el eje suicida que traza la muerte
entre el busto de Larra y el viaducto de Segovia.

Primero divisé el fugaz rayo de tu estela
después tronó el sonido de tus labios.
Fue entonces,
te vi por primera vez
irrumpiendo en una escena
a la que nadie te había invitado.

Tenías nombre de mujer y cuerpo de quimera
pero eras la más firme afirmación
de mi necesidad de huir de esta ciudad
que sólo se llama Madrid entre mayo y octubre.


Fue la primera vez y tal vez la última,
dos décimas antes de la lluvia
probé el insípido sabor de la nada,
creí en tu mentira
por eso, al abrazartek
sentí como la plenitud del vacío
golpeaba todas mis convicciones.


Los coches empujaban palmeras de agua
y bajo el furtivo paraguas de la duda
te fuiste por donde habías llegado.


Cuando la humedad me devolvió al mundo
constaté que aunque nada había cambiado
ya nunca nada volvería a ser igual.

Desde entonces pienso sin firmeza
que todas las respuestas existen.
Permanecen inertes en la naturaleza
tendidas sobre el hilo del tiempo
esperando a que alguna vez
por algún motivo fugaz
tengamos el valor de imaginarlas.

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