martes, julio 20, 2010

El calor no amortigua el paso del tiempo y, mientras una mano le acerca un vaso, el vaivén del último recuerdo se mece en la sinapsis del olvido. El castañeo artificial de sus dientes suena una y otra vez contra el vidrio. Ese sonido, que ahora sólo se apaga cuando logra dar hasta el último trago a un líquido rancio, mezcla de agua y medicina, antes le producía dentera. Aunque inmune a toda burla, su presencia es ridícula. Las manos que antes agarraban oportunidades ya no abrazan utopías. La última, la de sanar de una enfermedad que ha ido perdiendo letras, pereció anoche. Acurrucada en algún lugar del cerebro perdió el apetito hasta morir de inanición. Poco sabrá de su otra muerte. Una enfermera limpia con una servilleta el rastro de saliva que escapa por sus comisuras. Las horas pasan ya sin ningún sentido, anoche quebraron todas las manecillas. Y Dios, dónde está ahora, se atrevió a dudar en el último momento.