miércoles, junio 10, 2009

Invierno

Frente a él son ya los padres de un abuelo, los nietos de un niño. Lo ven encorvado sobre el sillón, enroscado sobre la edad, como va desaprendiendo los años que ha vivido. A penas sí acierta a respirar o a comer y hace tiempo que las manchas de canela pigmentan una piel cada vez más pegada al hueso, un tejido que se tensa en un arco imponente a cada respiración. Lo ven dormitar y despertar en sliencio como un intermitente que no entiende de días o de noches. Y sin embargo, a veces, cuando no duerme y siente fuerza, con motivo o sin motivo, se encabrita con cualquiera como si dentro de él pudiera romper las cadenas que le sujetan a su demencia. Al rato desaparecen sus fuerzas pero la atmósfera del enfado persiste en el ambiente durante toda la mañana.
Cada vez es menos frecuente la sorpresa. Antes todos anotaban mentalmente las cosas que olvidaba, ahora todos celebran si la memoria le hace un guiño. A veces se acerca a la ventana por su propio pie, como para demostrar que sigue mandando sobre su cuerpo, y sin embargo, un tropiezo le recuerda que hace tiempo que dejó el lápiz y tomó el olvido.
Cuando sale al parque a pasear y parece un capitán al que su guardia de asalto custodia, los vecinos le presentan respeto y mantienen en forma sus recuerdos. Él disimula con la cristalina verdad de sus ojos, con el asentimiento fugaz de sus manos. Ya nadie se engaña, todos saben que aunque el mundo se resista a dejarle marchar, cada día es un nuevo paso hacia su falta. Tal vez el paso trabajoso de un abuelo, quizá el trote desbocado de un niño.

1 comentario:

Paula dijo...

espero que algun dia mis nietos hablen asi de mi