el último brillo de la tarde
y mi mirada se entornaba
para disfrutar con los ojos cerrados
de tu imágen desnuda
sobre el colchón de la noche.
Entonces al calor de mi cama
yo era un firme candidato
para anidar en tu pecho.
Una y otra vez
me buscabas a tientas
para que una y otra vez
unidos uno y otro labio
yo te encontrara
salvaje entre las sombras
hasta rendirnos al silencio.
Después despertábamosyo era un firme candidato
para anidar en tu pecho.
Una y otra vez
me buscabas a tientas
para que una y otra vez
unidos uno y otro labio
yo te encontrara
salvaje entre las sombras
hasta rendirnos al silencio.
sudados nuestros cuerpos
y te escapabas de mis manos
para saldar deudas
en esa margen del río
a la que no afectaba la corriente.
No me importaba esperar
a que decidieras cruzar la orilla
a que te decidieras a hundirme
con sólo dos de tus palabras.
a que decidieras cruzar la orilla
a que te decidieras a hundirme
con sólo dos de tus palabras.
No hizo falta que avisaras
ni que mirara mi reloj
para saber que se había hecho tarde
y en esas llegó el frío
sobre él que ahora estoy sentado
como una mala hierba
crecida en la mitad de la nostálgia
de un otoño que se muere.
2 comentarios:
Poesías con saltitos... Jejeje
ufff! precioso aunque sin piedad...
Gracias, un abrazo.
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