jueves, agosto 09, 2007

Los niños quieren matar al gato. Escupen sobre el suelo y blanden sus palos de caña. Tienen las piernas llenas de picotazos y algún que otro rasguño pero ni el calor ni la mugre detienen sus ansias de sangre . El más privilegiado de todos tiene una bici a la que ha puesto cartón en los rayos para que suene como una moto. El gato se ha subido a un árbol y ya no van a poder darle alcance, así que todos cruzan el río y suben la cuesta. Al cruzar la acequia, un poco antes de llegar a la vieja balsa, hay una casa de campo. No tiene ventanas y no hay rastro de gente. El mando decide, y a su orden le sigue una estampida de patadas y empujones contra la puerta. Todos están ávidos de un poco de respeto, de una palmada en la espalda de su líder. Saben que el que consiga abrir la puerta tendrá una muesca que añadir a su cuenta de hazañas.

Finalmente más por vejez y cansancio que por la fuerza púber , la puerta cede. Esperan a que entre quien debe entrar primero y tras un breve reconocimiento en el que no encuentran lo que andan buscando todo el verano, material pornográfico, se dedican a desparramar uno a uno los botes de pintura por el suelo. A lo lejos suena una mobilette y al grito de “marica el último” todos corren con el adrenalina por las orejas.

Cuando ya están lo bastante lejos se reúnen de nuevo en la piedra, cerca de las primeras casas del pueblo, y tras el recuento típico de bajas se comenta la huída. “no se por qué habéis corrido, yo me he ido andando y el viejo no se ha atrevido a decirme nada”. Caras de admiración y sonrisas nerviosas. El líder siempre sabe como ganar la guerra propagandística, otra vez batalla ganada. De repente un gato con pocos días se cruza por delante de ellos ajeno al baño de sangre que le espera.

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