domingo, octubre 14, 2007

El retrato de aquel hombre se reducía a un cuerpo magullado por el tiempo y un gastado acento rural. Los ojos, hundidos a fuerza de no saber llorar, mostraban el miedo a todo lo desconocido. Su voz, o lo que quedaba de ella, brotaba tan interna y gris que pareciese que aquel hombre siempre caminaba lamentándose.
Había pasado muchas tardes mirando al cielo para estudiar el comportamiento de las nubes, la dirección del viento,... poco sabía de otras cosas pero le gustaba pensar que el amor es como las lluvias en sus campos: tan escasa como de pronto torrencial, anegando todos los rincones de la tierra. De sobra sabía que esa forma de llover no era buena ni para la tierra ni para las plantas, como tampoco lo era aquella forma de amor, ni para él ni para su corazón pero, como en el clima, se había resingado a pensar que frente a esas cosas poco se puede hacer.
Su tacto acostumbrado a los aperos del trabajo se sentía ridículo frente al terciopelo turquesa del aquel local. Encendió un Celtas y se lo llevó a la boca con serena impaciencia. El resto del Café permanecía indiferente al hombre adomigado con su único traje de chaqueta. Aclaró la garganta con el anís que todavía le quedaba en el vaso y miró por el cristal. Sintió vergüenza de haberse dejado arrastrar hasta allí. Hasta él era capaz de darse cuenta de que aquella mujer ya no aparecería. Cerró la puerta con fuerza y tomó el primer autobús hasta su pueblo. En mitad del trayecto empezó a chispear y el nostálgico labrador marcó una nueva muesca en la culata de su fusil de desengaños.

1 comentario:

pulgueta dijo...

Por mucho que llueva siempre todo a la misma vez, existe en cada chaparrón una gota que moja mil y una veces más que las otras, incluso cuando, a veces, esa gota ni si quiera te ha tocado, ni si quiera...