jueves, diciembre 27, 2007

Ella estaba sentada al borde de la silla. Permanecía ajena a él, a él y a todos. Sus pequeños labios se hacían minúsculos al hablar. No pudo más que imaginar su fragancia y aún así se le antojó la muestra más feaciente de que aquella mujer era de otro mundo. Sus ojos vivos articulaban una de las miradas más penetrantes de cuantas había mirado.

Ella ajena, bebía un café a sorbos. Su mano mesaba un pelo moreno, liso, que recorría la piel de tal forma que según se dispusieran los mechones sobre el cuello aquella mujer parecía tierna o salvaje. A él siempre le gustó mezclar y perdido en la lejana cercanía de aquellos ojos no pudo más que suspirar al verla levantarse. Sus delicadas curvas estrecharon su pecho. Su cuerpo femenino contrastaba con su forma de caminar.

Ella marchó sin prisa. Salió del bar y se dirigió a casa. El pagó su café y corrió a la puerta. Cuando la alcanzó ella ya giraba por la esquina, ajena a que desde la otra parte de la calle un hombre desconocido había puesto nombre a todas sus caricias...

1 comentario:

Pulgueta dijo...

Si él hubiera, quizás con dos o tres palabras calladas, recortado la distancia entre esas dos tazas de café vacías como sus corazones... Si él hubiese, como lo hacía con la valentía de antaño, lanzado una orden suplicante con sus pequeños ojos cobardes...