sábado, diciembre 22, 2007

Mitades

Estaba dormitando en mi asiento. El vaivén cálido del tren acunaba mi serena resaca. Más allá del abismo, estrecho pero lejano, que separa a cada viajero, un hombre de pelo cano y su sobrina treintañera conversaban. Estaba yo dormitando en mi asiento, con la conciencia exiliada en algún sombrío recuerdo. Sin embargo, escuche nítidamente como el hombre de pelo cano y voz grave decía: "Las cosas ya no son como éran. Fíjate si será así que han desaparecido la mitad de las cosas de los libros". Y juro que estaba yo dormitando en mi asiento, pero el cálido vaivén del tren acunó mi serena resaca hacía otro rincón nunca habitado.
Allí hallé a un Sancho cabizbajo que sólo sabía labrar con destreza. Iba de sus mulas a los aperos sin que nadie se parara a saludarle. Su pragmatismo nunca tuvo recompensa. Le habían borrado del mapa mundi de sus venturas la posiblidad de ser un valiente escudero. Pero eso nadie lo sabía. Ahora, sin la mitad del libro, él era el loco y la Mancha llana e infinita le condenaba a mirar melancólico a sus molinos. No corrió mejor suerte Sherezade, como ninfa tuvo algún amante valeroso pero ninguno con el suficiente arrojo cruel para agudizar su ingenio. Dicen que terminó loca, discutiendo a voces con imaginarios personajes que anidaba en sus entrañas. Jose Arcadio Buendía no encontró una Úrsula en la que perpetuar su especie y Macondo se extinguió a la vez que el viejo arrugado perecía junto a su árbol. Y que me dicen de Penélope, se casó con algún ciudadano formal y tuvo tres hijas, la historia privó a Grecia de sus tapices.
Estaba yo dormitando en mi asiento, mientras el cálido vaivén del tren acunaba mi serena resaca. Y tuve que despertar de un sobresalto. No pude soportar la idea de que al final de mi novela obviaran con alevosía la narración de nuestro encuentro fugaz, el calor de tu rostro y el tacto suave de tu alma pasajera.

No hay comentarios: