miércoles, enero 28, 2009

Bebía. Casi siempre al llegar a casa desde el turno de mañana de su clínica médica. Había visto de cerca tantas veces la muerte que se bajaba una estación antes en el metro asustado por la velocidad con la que se le escapaba la tarde entre los dedos. Después se dejaba caer desde Jacinto Benavente, leyendo el cartel de la redacción de Solidaridad, apartando la vista del monumento de los Abogados. Y es cierto que bebía y no lo es menos que la mayor parte de las veces lo hacía solo frente a la ventana, pero esas ocasiones, cada vez más frecuentes, no incurría en el alcohol por el carácter ebrio de sus pensamientos y tampoco por el nulo respeto que profesaba hacia la vida, en particular a la suya, como solían pensar sus escasos, y cada vez más breves amigos. Bebía por el sabor vidrioso del cristal y por la lámina de madera que se posaba en su garganta y a la que él atribuía, todavía en plena posesión de sus facultades, una capacidad de clarificar sus ideas, hasta el punto de dejarse recorrer por una sensación de amor hacia la poesía, hasta el punto de escribir en el reverso de alguna revista los versos descarriados de sus relaciones rotas, nacidas casi siempre muertas.

Es cierto que ella era una abstemia convencida y que cada se vez sentía, y también lo estaba, más sola cuando sus compañeros de trabajo incurrían en la costumbre de las cañas tras ocho horas de contabilidad funcionarial, de las cuales tan sólo dos eran hábiles, en un departamento del Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino, otrora de Agricultura y Pesca. No probaba gota, ya no por sentirse más casta y pura, si no porque toleraba el alcohol como el hígado, en caso de tenerlo, de una hormiga, y no quería, como otras noches, terminar con una resaca espantosa en la cama de algún celador del Ministerio. Así que cada tarde rechazaba la invitación de las corbatas y volvía a casa remontando la calle Atocha, mientras disfrutaba del estado hipnótico en el que le sumía el tránsito de peatones y coches que se arremolinaba en torno a las rotonodas y se estiraba hasta los semáforos. Al llegar a su estudio, organizaba las cartas y se daba una ducha para despues pasar a limpio los poemas que había escrito en el doble calco amarillo y rosa de los formularios B.14-2 y que había aprendido a escribir en las horas muertas de su despacho de recursos agrarios.


Se chocaron en la puerta y subieron juntos en el ascensor. Sonrieron lo justo y se hablaron lo mínimo. Aunque ambos hubieran preferido una conversación distendida y amable que mitigara la soledad de su noche se separaron sin mediar palabra, ni siquiera un tenue hastaluego, ni siquiera un tequiero. Uno desembocó con sus pasos al portal B del quinto piso y en mitad de ese Delta solitario emergido en el desván el otro fue a parar al portal A del mismo. Al llegar a casa él con una copa, ella con el aroma del jabon entre los dedos, escribieron un poema sobre el otro y jamás supieron que ambos se conocían desde antes, que ambos se amaban en sus versos.

3 comentarios:

jorgeimer dijo...

¿Cuantos poemas hay que sacrificar para enunciar un "hola, quiero conocerte"?

jorgeimer dijo...

Tranqui, ya cambio el formato (;

Nélida Devesa dijo...

Una tarde de borrachera te dije que entraría en tu blog, se me había olvidado... Pero acabo de acordarme, de entrar y de leer tu última entrada. Sé que suena a lo típico que se diría en estos casos, pero me ha gustado mucho. Tiendo a imaginarme historias así, de personas que se cruzan, que no llegan a interactuar entre sí, pero influyen el uno en el otro. Posiblemente ocurran todo el rato a nuestro alrededor, pero nunca lo sepamos...