domingo, enero 28, 2007

C1



Un yonki reparte folletos de una academia de mecanografía. Una vieja que detesta los autobuses se monta en uno de ellos. Dentro, un ecuatoriano se agarra a la santa biblia separando sus hojas con el bonometro. Hay varias mujeres que se miran encima del hombro por encima de las gafas. El conductor escucha en radiolé la versión gipsy de un clásico del rock argentino.

En el otro extremo de esta lata de humanos en conserva una chica, habla tan alto por el móvil que no necesita comunicación sin cables para que la escuchen en cualquier punto del planeta. Atras queda Isaac Peral y alguien solicita bajar en la puerta del CEU. Poco después, cerca del Tribunal, una manada de estudiantes con legañas busca alguna biblioteca abierta 24 horas. Una señora devora minuciosamente una revista que habla de la nieta de Franco, se cansa y descuelga sus gafas hasta la altura del ombligo justo donde su pecho revalida las leyes de la gravedad.
Un abuelo escupe en el asfalto y un gato se cruza delante de un coche. Frenazo y bocinas, los gritos de siempre en voces de otros. Ramiro Maeztu queda más abajo porque el autobus va en dirección Reina Victoria. Hay un restaurante argentino cerca del Hospital de la Cruz Roja, se necesita freganchín. Las niñas bien cruzan en rojo. Pido bajar y me miro la barriga, ha crecido. El vendedor de castañas cierra el puesto, en la puerta de los Renoir hay cola para la última sesión. Llevo la cartera en el bolsillo y no encuentro las llaves, cruzo la calle y giro por Maudes. En la boca de metro quince cordones de oro avisan de la existencia de cuatro niñatos. Paso por delante del chino y encuentro las llaves en el bolsillo interior de la chaqueta.
El ascensor sigue roto y maldigo a aquellos que forzaron sus puertas. Subo cinco pisos, pierdo el aliento y gano en latidos. Dentro me recibe el artificial calor de la calefacción. Dejo el abrigo en cualquier lado, en la tele Ariadna Gil soporta mal el goya de Carmen Maura. Elena Anaya está cada día mejor, enciendo la radio y miro por la ventana, hoy tampoco ha nevado.

1 comentario:

Francisco M. Ortega Palomares dijo...

Madrid se te atravesó en la mirada.