Aquella Polaroid fue el milagro de la vida hecho tecnología. En su vientre se albergaba el fruto químico del carpe diem dispuesto a arrojar sus centímetros cuadrados de subjetividad en minuto y medio. Sin embargo, a mí, aquella tarde de café humeante no me captó ninguna fotografía. No porque no hubieran dedos dispuestos a apretar el gatillo del instante, sino porque para mi se reservaba otro retrato: el de la bajeza de mis actos. No se trata ahora de llorar y de indagar en mi interior para pedir perdón al viento. No es tiempo de verter más vinagre sobre las heridas. Se trata de que aquel instante me encuadró en mi peor pose y como sucede con las cámaras, una captura hecha a destiempo perdurará siempre sobre nuestras conciencias. Por mucho que la apartemos de nuestro álbum de recuerdos regresará para pasar factura, y es mejor asumir el error y prestarse a devolver hasta el último céntimo. Tal vez sólo así pueda pagar lo suficiente como para merecer respeto.
miércoles, noviembre 05, 2008
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2 comentarios:
El milagro de la vida es muy selectivo, de cada polaroid sólo nace una copia. Una vez que te reconoces en la foto, si no te gustas quémala, cambia de pose y vuelve a apretar el botón.
Quien no vio la primera foto no podrá recordarla y si quien la vio es quien hace las fotos… pues le toca volver a sacar la cámara.
superpulgueta
destiempo.
no se subsana, no?
besos
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