En treinta años jamás había faltado ningún día a su obligación con la orquesta. Sin embargo, aquel día Charles Chateau se ausentó del ensayo general previo al gran estreno de la nueva temporada. Se levantó con mucha fiebre y con la calma de un hombre que presiente su muerte. El director había telefoneado a casa para intersarse por su estado y el sr. Chateau se esforzó por incorporarse, pero aletargado por la temperatura corporal su mente no respondió a la anacrusa. Así , derrotado, el violinsta de la Filarmónica decidió vestirse de negro para asistir como espectador al último pizzicato de la parca. Últimamente había perdido la fé en todo lo que le rodeaba, sobre todo en la pasión. Un poco antes de expirar escarbó en su memoria para analizar sus errores de ejecución y se lamentó de que en la vida no existieran da capos para enemendar sus faltas. Antes de abandonarse y dejarse guiar por la barca de Caronte, Chateau lloró su falta de valor para morir de amor. Al día siguiente, cerrados los ojos del violinista, el concertino suplente lucía un brazalete blanco para brindar el concierto al fallecido. Hubo un minuto de silencio, pero salvo doble barra mundial la obra debe continuar y mientras el último hálito de Chateau, según dicen envenenado por las mujeres, recorría el foso de la orquesta, los músicos se esforzaban por emocionar al respetable con la calma final del Orfeo de Monteverdi.
martes, noviembre 11, 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
2 comentarios:
O como contar en 21 líneas la vida y miserias de un hombre...Magistral.
O como contar en 21 líneas la vida y miserias de un hombre...Magistral.
Publicar un comentario