jueves, septiembre 11, 2008

Vecinos

Aquellas palabras eran escuálidas, malnutridas de intenciones. Parecían pertenecer al invertebrado argot del aburrimiento que componen la climatología, la familia, el destino de las últimas vacaciones o la pesadez del trabajo. Él atribuía a su mirada el don del desconcierto pero ella evitaba mirarle a los ojos para no tener que verse reflejada, allí, presa del deseo fugaz del ascensor. Cúanto veces habían compartido ese ascensor...uno, dos quizá tres años y siempre sucedía lo mismo. Él empezaba por mirarle a la cara, dibujaba una media sonrisa y después sepenteaba patinando por el escote de su camisa. Más tarde se limitaba a mirarle a los pies, sometido a la fuerza gravitatoria de sus instintos. Ella le veía aflojar el nudo de la corbata y centraba sus ojos en los ojos de él, después los apartaba bruscamente, con la indiferencia de quien se siente atraída, cuando él miraba al suelo y ella ya no sentía peligro se recreaba en los hombros fornidos del oficinista. Todas las veces, durante un año, dos o quizá tres, él bajaba en el octavo y ella esperaba hasta el décimo. Después abrían la puerta de su casa y cerraban la herida del deseo. Una vez él pareció titubear una invitación mientras se cerraba la puerta, ella sólo acertó a contestar: "la familia bien, gracias". Él masticó la derrota mientras escuchaba subir el ascensor y ella se mordía los labios al ritmo que su corazón se le desbocaba en el escote.

2 comentarios:

Enredada dijo...

que geniales tus historias...
el deseo y esa terrible pared que se impone entre el hacerlo realidad...
besos

Galadri dijo...

La verdad me sorprende todo lo que leí en tu blogg, es todo tan simple y real, como la vida. Saludos. Galadri