lunes, julio 28, 2008

En el pueblo no había pasado de ser una rubia de bote empeñada por hacer carrera en el difícil arte de buscar cónyuge con posibles. Sin ser imbecil, era más abierta de piernas que de miras. Sin embargo, tuvo a bien el destino, ayudado por cuatro meses de embarazo, que nuestra protagonista cumpliera sus deseos. Emparentó con uno de esos hombres que, en aquellos tiempos en que todavía existía el proletariado, los proletarios hubieran llamado burgués. No volvió a ponerse mechas en su vieja peluquería donde ya la habían bautizado como una mujer con suerte. Desde que dejó el bote de tinte barato se había convertido en una reputada rubia de adopción que se movía en los círculos de moda de la capital provincial. Empeñaba su tiempo en hacer acopio de avalorios y sortijas para darse a su máxima afición, que consistía en mostrar en el pueblo, y casi siempre por fiestas, el esplendor del oro en sus dedos amorcillados por la vida sedentaria. Tuvo dos hijos que crecieron creyendo en la virtud del lenguaje refinado de los colegios de pago. Después, aquellos dos desechos de papá trataban de evangelizar a las masas rurales. Pobre de aquel que se atreviera a discutir la dicción de "Bacalado" o que los vascuences del Athletic eran de "Bilbado. "No ves que ellos van a los jesuistas" replicaban las comadres enrojecidas por el atrevimiento de sus retoños. Muerta la ignorancia y ampliado el estarato social estudiantil aquella suerte de jet set franquista devino en adicciones más mundanas que las de las correciones gramáticas. Ni siquiera su conocida afiliación al Opus salvó al pequeño de los hijos de darse a las drogas. Replegó la señorona velas y no apareció por el pueblo en un tiempo. Era tarde para evitar el escarnio, en los corrillos de los secadores ya se comentaba que a la rubia forastera le había salido un hijo rana. Perdido el honor del apellido, disminuyó el brillo de sortijas y escapularios. Ayer algunos la viernon vender la casa del centro para que un constructor avizado levantara bonitos adosados. Es una señal, dice mi barbero, si la aristocrácia sufre la crisis, aquí, en la Tierra, los lectores del Marca tendremos que apretarnos el cinturón.

2 comentarios:

Enredada dijo...

Cuantas historias de vidas prestadas...apretemos los cinturones...
mil besos

Anónimo dijo...

esto sabe a novela, jesuitas,opus dei,franquistas...dime el titulo cuando la publiques que quiero leerla.
nos vemos kbs!