domingo, octubre 29, 2006

La niña de sus ojos

Desde que creció colocaba en su silla dos cojines para que sus piernas no llegaran al suelo. Flotaba a la hora de la comida mientras se autoregañaba por no comerse las lentejas. Se hacía comidas que no le gustaban y protestaba airadamente comiéndose sólo el postre.
Casi todos los días se encariñaba con algún perro de la calle y lo llevaba a casa, al rato lo dejaba otra vez en el parque para volver a su habitación y llorar por no haberselo podido quedar. Cuando hacía viajes de más de una mañana se firmaba justificantes que olvidaba entregar.
En su habitación pintaba las paredes, de lunes a viernes, con cera de dedos. Al llegar el sábado se pedía cinco minutos más entre las sábanas y tras ser obligada, por ella misma, a limpiarse las orejas, frotaba el viejo gotelé con mucha fuerza. Por las noches, cuando el insomnio le vencía y estaba despierta sobre la cama, se tapaba los ojos y subía el edredón hasta la frente para que nadie pudiese verle si entraban a robar.
Un día se echó un novio para que le alcanzara los botes de las galletas a los que ella no podía llegar. Trabajaba en un juzgado archivando papeles y siempre que llovía pisaba los charcos para no olvidar el sabor de lo prohibido.

3 comentarios:

Idiomalicantino dijo...

Bendita infancia inconformista

eno dijo...

me encanta, son esas cosas que todos casi hemos olvidado, por lo menos yo...

lemon dijo...

Gracias a tu texto, y a ti por escribirlo, he recordado que una vez fui muy chico muy chico.
Tanto que me escondía detrás de la piernas de mi madre cuando me presentaban a un desconocido, tanto que luchaba contra mi sombra y luego lloraba porque no se iba, fui tan pequeño que hasta lloraba porque no quería ir al cole, quién lo diría jejeje. Gracias por escribirlo