Arribó como arriban las palomas a las marquesinas, de puntillas y con la intención de marcharse aleteando en un suspiro. Sin embargo, a menudo las intenciones no coiciden con las ganas y desde aquella repisa el cielo que se divisaba era peligroso pero apetecible. Día a día venció el abismo de la distancia planeando sobre la respiración entrecortada de las calles de la capital y al fin de año se sorpendió al cambiar sus costumbres migratorias por un nido poco confortable pero propio. Sobrevivir es una necesidad innata, así que empeñó sus viejos caprichos y aprendió a alimentarse de las migajas que ofrecía la ciudad bajo los bancos de algunos parques. Fue feliz hasta que lo pensó, entonces, anotó en su libreta de cuentas pendientes otra despedida y se marchó al caer el día como se marchan las palomas, aleteando en un suspiro de la noche, agitando todas sus ausencias, sólo por miedo a que la próxima vez que le apeteciera marcharse ya no supiera volar.
jueves, octubre 30, 2008
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3 comentarios:
sobrevivir es innato, y ser felices comoesa paloma aveces y tristemente es hasta que nos damos cuenta, y empezamos a boicotearnos.
besos
Me recuerda a la historia de ese pájaro sin patas que vuelva y vuela. Y que cuando se posa, lo hace para morir. A mi me sobran las patas pero me faltan las alas.
con mi pico de pajarito, le dejo un besito.
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